Teaser: El abuelo del fuego

“Ahora que lo pienso… ¿No debimos parar al abuelo desde el momento en que hizo la primera payasada, recuerdas?”
En ese entonces, el acto que hizo el abuelo Dave solo fue tomado como un capricho excéntrico de ricachón. Después de cuarenta años continuos en la junta directiva, la mayoría se sorprendió con la repentina jubilación del emporio industrial que ayudó a levantar con el fallecido socio Art Mays, la Mays & Natfoole Industrial Co., cuyo producto estrella era el filtro anti polución para las petroleras.

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Teaser: Más Allá del Maquillaje

¿Qué había detrás de cada carcajada? ¿Cuáles eran los sabores que estaban detrás de cada golosina, de cada palomita de maíz? ¿Era más importante la felicidad de los pequeñitos que la nuestra?
Deberías recordarlos. Sí, aquellos días. Eran de infarto, en especial en las vacaciones. Cinco funciones, todas llenas. El jefe, con dinero para el carajo. Sus empleados, vivíamos bien en los trailers, no nos podíamos quejar. Lavábamos en la parte trasera, junto a los trastes, los pinos que se rompían, las sillas rotas por los pequeñuelos traviesos, las cuerdas deshilachadas, los monociclos desajustados. Las ropas al sol, ¿Sabes? Varias veces te pillé cuando tocabas mis ropas de mi acto.
Oh, la policía debe venir en camino.
Retomo. ¿Qué éramos en aquel entonces? Porque, se podría decir, que éramos novios para el jefe y los demás, pero yo diría que éramos solo un par de aves que mitigaban la soledad juntos. ¿Qué mayor privilegio y satisfacción que la sonrisa de un niño? Yo, entregaba flores de plástico. Sonreía, y mucho, con cada asistente que pasaba entre el portón de la entrada y la carpa. Eso sí, me costaba para el demonio mantener mi papel desde mi primer día. Sin embargo, al ver a mis ídolos, a mis maestros aunque nunca los haya conocido, continuaba en mi labor. Lo hacía por mi propia realización personal, Nunca me dijiste por qué el ser payaso, tal vez era la inercia familiar: tu papá lo fue, tu abuelo lo fue, y así en lo sucesivo.
Ya se acabaron los cigarrillos. No tengo ganas de ir por más.
Ajá, sí, disculpa, soy distraída. ¿Estás bien ahora? En aquellos días, con gran insistencia al jefe, descansábamos los lunes. Dormía hasta tarde en el trailer con las muchachas del trapecio, buenas amigas. Oh, aquella rubia, si la vieras sin ropa… en fin. Como bien lo supiste, me gustaba dormir con las pantaletas, sin sostén. Bueno, de todos modos, no había mucho que sostener. Me vestía, me aseaba, la estúpida de la equilibrista, la de pelo negro, dejaba sus afeitadoras en el baño sin guardarlas. Me lavaba la cara, a veces era distraída y me quedaba un poco del maquillaje. Bueno. Salía a comer. Iba a lavar mis uniformes del acto, y tú me veías de lejos. Aún fuera de función, te gustaba mantener tu ropa y maquillaje de payaso. Me contabas que “Estoy feliz así”. Hablábamos, intercambiábamos sonrisas. “Oh, disculpa, ¿Rompí tu voto de silencio?”, y te respondía “No, tonto, yo solo no hablo en mi papel, es todo… da fastidio estar callada todo el tiempo…”, aunque, pensándolo bien, debí hacerlo por mi propio bien. ¿Se podría decir que nos enamoramos desde aquella vez? Bueno, tú me contaste que, a pesar de vivir todo el tiempo con el circo, nunca te gustó una muchacha del mismo hasta que yo llegué, más por perseguir un sueño teatral, artístico, mágico, que por el dinero, que era una risotada comparado a los ingresos que obtenía la compañía en su totalidad. Sin embargo, por esos días, éramos felices.

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Poema. Estaré para ti

Cuando te levantes cada día
Y el primer aire que respires
Sientas que es amargo,
Yo estaré para ti.
Porque no es un cliché
O simples palabras de autoayuda
Que te diga que estás para alcanzar
Los más inesperados sueños y metas,
Es tu destino, nuestro destino.

 

Si el espejo te humilla o traiciona
Y ves en tu reflejo
Un cuerpo que rechazan,
Por no ser el perfecto, el musculoso,
El de aquellos modelos de revistas,
Yo estaré para ti.
Porque no creo en las bellezas artificiales
Donde babean por tus carnes y pieles
Mientras pisotean tu corazón noble.

Cuando alguien te pida
Quitarte las ropas y fotografiarte
Para aceptarte en su vida,
O te pregunte de una vez “Activo o pasivo”
Yo estaré para ti.
Porque yo no creo en orgasmos baratos
Ni en los invocados por billetes,
Yo creo en aquel placer de los amantes
Perpetuo, pausado, imborrable,
Aquel que deja huellas en el alma
Y no solo condones llenos.

En el día en que los insensatos
Cuestionen tu identidad,
Apaguen el arcoiris en tus ojos
Y te condenen a un infierno terrenal o subterráneo
Yo estaré para ti.
Te enseñaré a vivir la religión del amor
Aquella que se aprende
En la unión de las cuatro pupilas,
En la flor que te entrego,
En el café que bebemos,
En el sagrado silencio
Reposando sobre el césped,
En las páginas de tus libros favoritos
Y en la forma que sonríes…

Cuando el llanto
Sea tu único lenguaje,
Y sientas que tu soledad es eterna
Yo estaré para ti.
Te ayudaré a limpiar tus mejillas
Y juntos sembraremos
Un nuevo árbol de esperanza
Para que allí crezcan tus sueños,
Tus virtudes, tus deseos,
Tus más grandes anhelos,
Los viajes, los reposos
Que necesita tu espíritu joven y puro
Pero incomprendido…

Si en algún momento
Piensas que pasarán los años
Y envejecerás sin alguien a tu lado,
Yo estaré para ti.
Porque mientras algunos solo persiguen
Las pieles juveniles
Para sus deseos egoístas,
Y después olvidarlos como contactos vacíos
En sus teléfonos o perfiles,
Yo te encontraré
Yo busco un compañero de vida,
No una media naranja,
Porque yo no quiero una fruta
Quiero un ser humano como tú
Para que las canas en nuestros cabellos
No nos desanimen
Ni las arrugas de nuestras pieles
Sean motivo de vergüenza
Sino sintamos una gratitud inmensa
Por hallarnos y encontrarnos
Y llegar a la vejez juntos.

Si la ira y la tristeza te quieren consumir
Y te gritan marica, desviado, pervertido,
Puto, o te digan “Dios aborrece tu pecado”,
“Para cuándo la novia?”
“¿Estás seguro de que eres?”
Quiero que sepas:
Que eres único, que eres hermoso,
Puro, amado,
Un ser de luz, un ser humano
Un hombre nacido para la felicidad.

Y también quiero decirte,
Que aunque el mundo pase,
Aunque el apocalipsis toque a nuestra puerta
Aunque quieran condenarnos por nuestro amor,
Aunque quieran pisotear el orgullo de ser lo que somos

Yo estaré para ti.

Crónicas paulistas. La guerra cósmica sobre Aricanduva

Habían pasado cuatro meses. Necesitaba aprender cómo era el aire, cómo era el trato de personas desconocidas, cómo era el ritmo frenético de una ciudad de once millones de habitantes en el municipio y doce millones más en su región metropolitana. No podía conocer a todos, obvio. Ninguna biblioteca alojaría los volúmenes de las historias de cada uno de los seres humanos e inmortales en la gran São Paulo, la que alguna vez vibró con los hechizos vocales de Elis Regina, la que pintó Tarsila, la de la furia de la calle pregonada por Racionais Mc’s,. Estaba ante esa metrópolis y no había ninguna experiencia de Caracas que valdría.

Al barrio, a tu zona se le dice “Quebrada”. Mi quebrada, en la zona este. Una región de grandes contrastes, pues puedes estar durante dos cuadras ante los restaurantes de lujo y tiendas pomposas y luego pasar a una calle oscura, con casas apagadas, no por tener la luz sin encender sino que sus fachadas denotan un apagado ánimo. Mi quebrada: Vila Aricanduva, aunque la mayor parte de las veces se le dice Aricanduva. Es una pequeña isla de casas entre dos avenidas radiales: Avenida Aricanduva, que va paralela al río honónimo; y Radial Leste, un extenso corredor vial que, para mi sorpresa, tiene un nombre distinto según el sector, lo que debe halar de los cabellos a los carteros de seguro.

Volvía de mi trabajo. Salí tarde por la gran cantidad de pendientes por resolver. Algo que me había fascinado de São Paulo era la incontable cantidad de líneas de autobús, y es lógico: tienes que trasladar a millones de pasajeros y no daría abasto solo el Metro. Entonces no pasaba la unidad que tenía la parada más cercana a donde vivo. Decido tomar uno de los autobuses articulares que hacen rutas largas y bajarme a dos kilómetros más allá de donde estaba. Subí las escaleras. A mi espaldas, la Radial Leste, con su ritmo perpetuo y constante. Al estar cerca del bar, dije “¿Por qué no una cervecita?” a pesar de haber tomado la noche anterior.

Trataba de convencerme: es solo una lata, nada más. La disfrutaría y seguiría a casa, no más. Abro mi bolso y había olvidado dos objetos valiosos: un libro, para leer en cualquier oportunidad, y mi libreta de anotaciones. No podía escribir de mis mundos o emociones, y no podía dar una ojeada a los cuentos que hizo Tanizaki, pues si hay una costumbre – mala o buena, no sé – es de terminar un libro que me guste sea en el tiempo que fuese. Al no tener saldo en el celular tampoco podía engancharme allí.

El hombre al lado buscó conversación. Ahí supe que mi comprensión del portugués había mejorado bastante para haberle entendido a un embriagado la mayoría de las palabras que dijo. Me pareció un hombre muy singular. Repetía mucho “Dios sol de justicia°. Su sincretismo religioso era genial y aclaraba que todo lo que decía eran “Teorías mías”. Trajo más cervezas. Tres en total. Él estaba convencido a plenitud de que °Allá arriba – apuntaba al cielo – hay una guerra cósmica. Los aliens pelean por nosotros, somos energía pura. Nos pusieron en la genética eso que somos imagen y semejanza de Dios. Los físicos, sí, ellos hicieron los cálculos. Bosón”. Estaba seguro de ellos, de aquellos seres especiales e inmortales que desean el poder del ser humano que ellos no tienen. Por eso defendía la existencia de los reptilianos, de los annunaki y del arcángel Metatron inclusive.

Todos esos seres especiales envueltos en la guerra cósmica me protegieron en la madrugada. Caminar a ocho grados de un otoño austral no era fácil. Tuve que preguntarle a un hombre que pasaba por mi dirección: “Parça – el equivalente en portugués a pana, amigo, compadre – parça, ¿Dónde está la calle…?” Porque me había perdido. A pesar de mi borrachera, reconocí el borde de la avenida Aricanduva y sabía que no era por ahí, que debía continuar por otro lado. Él me indicó hacia el este. “Gracias”. Pude identificar la fachada de la pizzería que está a dos cuadras de donde vivo. Continué. Luego, el cruce de esquinas. Bajé y encontré la casa, pude abrir el portón. Descansaba una jornada bien extraña de mi vida sobre las sábanas con estampado de motivos chinos.

En un hotel barato

Hay un encanto en los hoteles baratos.

 

Los residuos de los orgasmos clandestinos

Las sábanas tiesas y los colchones tristes

La ducha que limpia heridas del alma

Y el básico mobiliario testigo de historias sordas.

 

En un hotel barato

Sonreí por tu diferente forma de fumar

Sorprendida ante el orden en tu ropa

Aún después de la pasión desbordada

Donde el preservativo quedó aplastado

En el suelo de cerámica barata

Porque querías mantener piel con piel

Sin importarte la higiene

En esa noche tan clamada por nuestros corazones.

 

En aquel hotel de viajeros conformistas

Y de amores pasajeros y permanentes

Conocí un lado de ti

Ese lado detrás del velo de tus vellos

Esa furia de la testosterona

Que invadía mi piel, mis pechos, mi cabello

Mientras tus gemidos eran parte de ese idioma

Que ningún lingüista podrá descifrar.

 

Nos abrazamos, sonreímos, nos vimos los rostros

Y descubrimos un destino que ningún pacato horóscopo

Podía haber profetizado.

 

Solo nosotros desciframos el amor

Que hace encabronar al clero.

Fragmento. “El despertar”

Hice mi propio tantra. Mi Tao transmutaba en una sed inefable, desconocida. Superé a las teorías, torcí las prácticas de aquellas doctrinas orientales que se confunden con sexo barato y sin propósito. El mío: ver la esperanza en sus ojos. Aunque sonara paradójico. Para mí no sonaba así. Conocí esa energía sagrada que algunos la temen, otros la veneran, pocos la dominan. Yo superé a esa energía. Modifiqué el universo, o al menos el que me rodeaba.
Sellar planilla. Una risa interna me mantenía feliz, mientras mis demás compañeros estaban hartos del papeleo y la burocracia. “Mi amor, aquí te traje un chocolatico”, “Oh, mil gracias, eres un sol” Era mi fórmula fija. Con cualquier regalo. Comía ese cacao con la parsimonia de un ritual ancestral. Luego, volvía a firmar y sellar. Me levantaba. El sonido de los tacones encabronaba a unas cuantas y entristecía a las personas tímidas o casadas. No era una Afrodita. Era natural, como yo supe quereme y desarrollarme. Llevaba las carpetas al otro departamento y me devolvía. Así, día tras día. Quince y último.

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Teaser: Proyecto de Ciencia Ficción #1

No era divertido el trabajo que hacíamos.¡Ay, guau, seré un comandante especial! ¡Seré un oficial a bordo! ¡Aunque sea el conserje de la nave viajaré por todo el universo!” Escuchaba de mis compañeros de escuela, pero no todos sabían que detrás de ese velo de la ilusión de salir del planeta de origen se ocultaba una vida de penurias, de mal sueño, de estar siempre a la defensiva y colarse entre miles de personalidades, culturas y civilizaciones. Empecé a creer que era mejor seguir en interrogación “¿Estamos solos en el universo?” en vez de decir “Estamos acompañados en el universo, ¿Y qué? ¡Es el nuevo milenio, idiota!”
Los días libres en navegación eran horribles. Prefería seguir de guardia en el control central, pero por normas del sindicato no podía permanecer más de ciento cuarenta y cuatro horas galácticas estándar en trabajo continuas. ¡Sorprendía el celo que tenían por los derechos laborales en esta época!. Pero bueno. Encendía mi computador personal. Ajá. Tenía a mi disposición ciento cincuenta yottabytes de contenido en la red. Ajá. Casi todo se había filmado, escrito y creado. Refrito tras refrito, adaptaciones de las obras “universales” en todos los idiomas, etnias y planetas posibles. Bien: podría plantearme un día ver toda una temporada de fulana obra en tal lengua, mañana en la otra, y así sucesivamente. ¿Para qué? Lo único que me gustaba mirar era el Kaishen, deporte al que fallé entrar a mis dieciséis años, más por negativa de mi madre que por mis habilidades, y el bimilenial y humano “football”, donde veintidós jugadores se disputaban una esfera, y al meterla en un arco con una red tanto ellos como el público gritaban “¡Gol!”. A cuántas groserías sonaba esa combinación de fonemas en los idiomas galácticos que había aprendido. Por ejemplo: golg es puta en triyanés, goo es coño en kushe, gol, mierda en famhua, y así. Por eso me divertía desde los doce mirar ese deporte, revivido por nostalgia en algunas ocasiones, pero no había vuelto a ver una liga profesional de eso en estos días.
Me dedicaba a escribir, como ahora. Si tenía que escribir informes, me daba igual hacerlo de mi propia vida, aunque nadie la fuese a leer. Tal vez una pareja en el futuro, quién sabía. El punto es que distraía mi mente el intentar poner en mi lengua materna mis vivencias del tortuoso trabajo. La única parte agradable era cuando aterrizábamos: de resto, soportar – o mejor dicho, tratar de no asesinar – a cientos de personas de la tripulación era una labor continua de la paciencia más logarítmica posible. Me costaba pedir una cita, y solo podía tener contacto alguno en tal o cual planeta donde me escapaba. Eran muy estrictas las normas sobre relaciones entre trabajadores, y por tanto costaba tener una pareja a bordo. Por eso, había tenido que pagar por sexo, qué se le iba a hacer, práctica tolerada, luego celebrada, después prohibida gracias al feminismo de la treintava ola, luego cada planeta o galaxia hacía su legislación correspondiente de vetarla, tolerarla o regularizarla. No había pagado más de trescientos créditos por coger con alguien. Lo más barato: diez, aunque luego me sentí miserable al saber que aquel planeta era uno de los tantos comerciantes de esclavos. Por consiguiente, de seguro me había acostado con una esclava, y ahí la piqueta del feminismo me torturaba.

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