Poema. Estaré para ti

Cuando te levantes cada día
Y el primer aire que respires
Sientas que es amargo,
Yo estaré para ti.
Porque no es un cliché
O simples palabras de autoayuda
Que te diga que estás para alcanzar
Los más inesperados sueños y metas,
Es tu destino, nuestro destino.

 

Si el espejo te humilla o traiciona
Y ves en tu reflejo
Un cuerpo que rechazan,
Por no ser el perfecto, el musculoso,
El de aquellos modelos de revistas,
Yo estaré para ti.
Porque no creo en las bellezas artificiales
Donde babean por tus carnes y pieles
Mientras pisotean tu corazón noble.

Cuando alguien te pida
Quitarte las ropas y fotografiarte
Para aceptarte en su vida,
O te pregunte de una vez “Activo o pasivo”
Yo estaré para ti.
Porque yo no creo en orgasmos baratos
Ni en los invocados por billetes,
Yo creo en aquel placer de los amantes
Perpetuo, pausado, imborrable,
Aquel que deja huellas en el alma
Y no solo condones llenos.

En el día en que los insensatos
Cuestionen tu identidad,
Apaguen el arcoiris en tus ojos
Y te condenen a un infierno terrenal o subterráneo
Yo estaré para ti.
Te enseñaré a vivir la religión del amor
Aquella que se aprende
En la unión de las cuatro pupilas,
En la flor que te entrego,
En el café que bebemos,
En el sagrado silencio
Reposando sobre el césped,
En las páginas de tus libros favoritos
Y en la forma que sonríes…

Cuando el llanto
Sea tu único lenguaje,
Y sientas que tu soledad es eterna
Yo estaré para ti.
Te ayudaré a limpiar tus mejillas
Y juntos sembraremos
Un nuevo árbol de esperanza
Para que allí crezcan tus sueños,
Tus virtudes, tus deseos,
Tus más grandes anhelos,
Los viajes, los reposos
Que necesita tu espíritu joven y puro
Pero incomprendido…

Si en algún momento
Piensas que pasarán los años
Y envejecerás sin alguien a tu lado,
Yo estaré para ti.
Porque mientras algunos solo persiguen
Las pieles juveniles
Para sus deseos egoístas,
Y después olvidarlos como contactos vacíos
En sus teléfonos o perfiles,
Yo te encontraré
Yo busco un compañero de vida,
No una media naranja,
Porque yo no quiero una fruta
Quiero un ser humano como tú
Para que las canas en nuestros cabellos
No nos desanimen
Ni las arrugas de nuestras pieles
Sean motivo de vergüenza
Sino sintamos una gratitud inmensa
Por hallarnos y encontrarnos
Y llegar a la vejez juntos.

Si la ira y la tristeza te quieren consumir
Y te gritan marica, desviado, pervertido,
Puto, o te digan “Dios aborrece tu pecado”,
“Para cuándo la novia?”
“¿Estás seguro de que eres?”
Quiero que sepas:
Que eres único, que eres hermoso,
Puro, amado,
Un ser de luz, un ser humano
Un hombre nacido para la felicidad.

Y también quiero decirte,
Que aunque el mundo pase,
Aunque el apocalipsis toque a nuestra puerta
Aunque quieran condenarnos por nuestro amor,
Aunque quieran pisotear el orgullo de ser lo que somos

Yo estaré para ti.

Crónicas paulistas. La guerra cósmica sobre Aricanduva

Habían pasado cuatro meses. Necesitaba aprender cómo era el aire, cómo era el trato de personas desconocidas, cómo era el ritmo frenético de una ciudad de once millones de habitantes en el municipio y doce millones más en su región metropolitana. No podía conocer a todos, obvio. Ninguna biblioteca alojaría los volúmenes de las historias de cada uno de los seres humanos e inmortales en la gran São Paulo, la que alguna vez vibró con los hechizos vocales de Elis Regina, la que pintó Tarsila, la de la furia de la calle pregonada por Racionais Mc’s,. Estaba ante esa metrópolis y no había ninguna experiencia de Caracas que valdría.

Al barrio, a tu zona se le dice “Quebrada”. Mi quebrada, en la zona este. Una región de grandes contrastes, pues puedes estar durante dos cuadras ante los restaurantes de lujo y tiendas pomposas y luego pasar a una calle oscura, con casas apagadas, no por tener la luz sin encender sino que sus fachadas denotan un apagado ánimo. Mi quebrada: Vila Aricanduva, aunque la mayor parte de las veces se le dice Aricanduva. Es una pequeña isla de casas entre dos avenidas radiales: Avenida Aricanduva, que va paralela al río honónimo; y Radial Leste, un extenso corredor vial que, para mi sorpresa, tiene un nombre distinto según el sector, lo que debe halar de los cabellos a los carteros de seguro.

Volvía de mi trabajo. Salí tarde por la gran cantidad de pendientes por resolver. Algo que me había fascinado de São Paulo era la incontable cantidad de líneas de autobús, y es lógico: tienes que trasladar a millones de pasajeros y no daría abasto solo el Metro. Entonces no pasaba la unidad que tenía la parada más cercana a donde vivo. Decido tomar uno de los autobuses articulares que hacen rutas largas y bajarme a dos kilómetros más allá de donde estaba. Subí las escaleras. A mi espaldas, la Radial Leste, con su ritmo perpetuo y constante. Al estar cerca del bar, dije “¿Por qué no una cervecita?” a pesar de haber tomado la noche anterior.

Trataba de convencerme: es solo una lata, nada más. La disfrutaría y seguiría a casa, no más. Abro mi bolso y había olvidado dos objetos valiosos: un libro, para leer en cualquier oportunidad, y mi libreta de anotaciones. No podía escribir de mis mundos o emociones, y no podía dar una ojeada a los cuentos que hizo Tanizaki, pues si hay una costumbre – mala o buena, no sé – es de terminar un libro que me guste sea en el tiempo que fuese. Al no tener saldo en el celular tampoco podía engancharme allí.

El hombre al lado buscó conversación. Ahí supe que mi comprensión del portugués había mejorado bastante para haberle entendido a un embriagado la mayoría de las palabras que dijo. Me pareció un hombre muy singular. Repetía mucho “Dios sol de justicia°. Su sincretismo religioso era genial y aclaraba que todo lo que decía eran “Teorías mías”. Trajo más cervezas. Tres en total. Él estaba convencido a plenitud de que °Allá arriba – apuntaba al cielo – hay una guerra cósmica. Los aliens pelean por nosotros, somos energía pura. Nos pusieron en la genética eso que somos imagen y semejanza de Dios. Los físicos, sí, ellos hicieron los cálculos. Bosón”. Estaba seguro de ellos, de aquellos seres especiales e inmortales que desean el poder del ser humano que ellos no tienen. Por eso defendía la existencia de los reptilianos, de los annunaki y del arcángel Metatron inclusive.

Todos esos seres especiales envueltos en la guerra cósmica me protegieron en la madrugada. Caminar a ocho grados de un otoño austral no era fácil. Tuve que preguntarle a un hombre que pasaba por mi dirección: “Parça – el equivalente en portugués a pana, amigo, compadre – parça, ¿Dónde está la calle…?” Porque me había perdido. A pesar de mi borrachera, reconocí el borde de la avenida Aricanduva y sabía que no era por ahí, que debía continuar por otro lado. Él me indicó hacia el este. “Gracias”. Pude identificar la fachada de la pizzería que está a dos cuadras de donde vivo. Continué. Luego, el cruce de esquinas. Bajé y encontré la casa, pude abrir el portón. Descansaba una jornada bien extraña de mi vida sobre las sábanas con estampado de motivos chinos.

En un hotel barato

Hay un encanto en los hoteles baratos.

 

Los residuos de los orgasmos clandestinos

Las sábanas tiesas y los colchones tristes

La ducha que limpia heridas del alma

Y el básico mobiliario testigo de historias sordas.

 

En un hotel barato

Sonreí por tu diferente forma de fumar

Sorprendida ante el orden en tu ropa

Aún después de la pasión desbordada

Donde el preservativo quedó aplastado

En el suelo de cerámica barata

Porque querías mantener piel con piel

Sin importarte la higiene

En esa noche tan clamada por nuestros corazones.

 

En aquel hotel de viajeros conformistas

Y de amores pasajeros y permanentes

Conocí un lado de ti

Ese lado detrás del velo de tus vellos

Esa furia de la testosterona

Que invadía mi piel, mis pechos, mi cabello

Mientras tus gemidos eran parte de ese idioma

Que ningún lingüista podrá descifrar.

 

Nos abrazamos, sonreímos, nos vimos los rostros

Y descubrimos un destino que ningún pacato horóscopo

Podía haber profetizado.

 

Solo nosotros desciframos el amor

Que hace encabronar al clero.

Fragmento. “El despertar”

Hice mi propio tantra. Mi Tao transmutaba en una sed inefable, desconocida. Superé a las teorías, torcí las prácticas de aquellas doctrinas orientales que se confunden con sexo barato y sin propósito. El mío: ver la esperanza en sus ojos. Aunque sonara paradójico. Para mí no sonaba así. Conocí esa energía sagrada que algunos la temen, otros la veneran, pocos la dominan. Yo superé a esa energía. Modifiqué el universo, o al menos el que me rodeaba.
Sellar planilla. Una risa interna me mantenía feliz, mientras mis demás compañeros estaban hartos del papeleo y la burocracia. “Mi amor, aquí te traje un chocolatico”, “Oh, mil gracias, eres un sol” Era mi fórmula fija. Con cualquier regalo. Comía ese cacao con la parsimonia de un ritual ancestral. Luego, volvía a firmar y sellar. Me levantaba. El sonido de los tacones encabronaba a unas cuantas y entristecía a las personas tímidas o casadas. No era una Afrodita. Era natural, como yo supe quereme y desarrollarme. Llevaba las carpetas al otro departamento y me devolvía. Así, día tras día. Quince y último.

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Teaser: Proyecto de Ciencia Ficción #1

No era divertido el trabajo que hacíamos.¡Ay, guau, seré un comandante especial! ¡Seré un oficial a bordo! ¡Aunque sea el conserje de la nave viajaré por todo el universo!” Escuchaba de mis compañeros de escuela, pero no todos sabían que detrás de ese velo de la ilusión de salir del planeta de origen se ocultaba una vida de penurias, de mal sueño, de estar siempre a la defensiva y colarse entre miles de personalidades, culturas y civilizaciones. Empecé a creer que era mejor seguir en interrogación “¿Estamos solos en el universo?” en vez de decir “Estamos acompañados en el universo, ¿Y qué? ¡Es el nuevo milenio, idiota!”
Los días libres en navegación eran horribles. Prefería seguir de guardia en el control central, pero por normas del sindicato no podía permanecer más de ciento cuarenta y cuatro horas galácticas estándar en trabajo continuas. ¡Sorprendía el celo que tenían por los derechos laborales en esta época!. Pero bueno. Encendía mi computador personal. Ajá. Tenía a mi disposición ciento cincuenta yottabytes de contenido en la red. Ajá. Casi todo se había filmado, escrito y creado. Refrito tras refrito, adaptaciones de las obras “universales” en todos los idiomas, etnias y planetas posibles. Bien: podría plantearme un día ver toda una temporada de fulana obra en tal lengua, mañana en la otra, y así sucesivamente. ¿Para qué? Lo único que me gustaba mirar era el Kaishen, deporte al que fallé entrar a mis dieciséis años, más por negativa de mi madre que por mis habilidades, y el bimilenial y humano “football”, donde veintidós jugadores se disputaban una esfera, y al meterla en un arco con una red tanto ellos como el público gritaban “¡Gol!”. A cuántas groserías sonaba esa combinación de fonemas en los idiomas galácticos que había aprendido. Por ejemplo: golg es puta en triyanés, goo es coño en kushe, gol, mierda en famhua, y así. Por eso me divertía desde los doce mirar ese deporte, revivido por nostalgia en algunas ocasiones, pero no había vuelto a ver una liga profesional de eso en estos días.
Me dedicaba a escribir, como ahora. Si tenía que escribir informes, me daba igual hacerlo de mi propia vida, aunque nadie la fuese a leer. Tal vez una pareja en el futuro, quién sabía. El punto es que distraía mi mente el intentar poner en mi lengua materna mis vivencias del tortuoso trabajo. La única parte agradable era cuando aterrizábamos: de resto, soportar – o mejor dicho, tratar de no asesinar – a cientos de personas de la tripulación era una labor continua de la paciencia más logarítmica posible. Me costaba pedir una cita, y solo podía tener contacto alguno en tal o cual planeta donde me escapaba. Eran muy estrictas las normas sobre relaciones entre trabajadores, y por tanto costaba tener una pareja a bordo. Por eso, había tenido que pagar por sexo, qué se le iba a hacer, práctica tolerada, luego celebrada, después prohibida gracias al feminismo de la treintava ola, luego cada planeta o galaxia hacía su legislación correspondiente de vetarla, tolerarla o regularizarla. No había pagado más de trescientos créditos por coger con alguien. Lo más barato: diez, aunque luego me sentí miserable al saber que aquel planeta era uno de los tantos comerciantes de esclavos. Por consiguiente, de seguro me había acostado con una esclava, y ahí la piqueta del feminismo me torturaba.

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Espacio Semiótico del Cómic. Criticar y reseñar

Tanto las críticas como las reseñas fortalecen a un arte, y son necesarias para que subsista. Todo crítico no sería, de facto, un artista, pero un artista debería ser crítico y autocrítico con las creaciones en su género. La crítica es uno de los pilares de cualquier expresión artística, ya que permite dilucidar las cualidades y notables características de las obras hechas en un momento histórico determinado.
La crítica ha sufrido una mitificación como sinónimo de desprecio o descalificación hacia un autor u obra, cuando no es una equivalencia válida adjudicar a la crítica una labor déspota o despreciativa de la expresión artística. Un crítico se enfocará en dilucidar e identificar los aspectos que harían de un autor u obra fascinante, particular, contribuyente a su género o época, lo que permitirían que trascendiera en el tiempo y contexto histórico y no solo haya tenido una función recreativa o específica en un instante determinado.
“La crítica ni limita ni prohíbe. Solo proporciona puntos de partida” Dijo Ezra Pound. Esos puntos de partida pueden permitir que surjan nuevas tendencias, o se reinventen las ya existentes. La crítica podría ser un pilar o motor oculto de la actividad artística, pues gracias a los elogios y estudios de ésta las artes han podido existir en círculos sociales o académicos. Un crítico puede convertirse en un impulsor del artista, no en su sepulturero. El consenso entre crítica y artista debería apuntar a la valoralización y visibilidad del arte, y no buscar rencillas entre sí, en algunas oportunidades, innecesarias.

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Ezra Pound. Fuente de la imagen: http://www.poetryfoundation.org

El crítico no está en un palacio de las academias o las letras, en un claustro de la retórica. Tiene experiencias y conocimientos como un ciudadano global. Gracias a la Internet, la cual facilita la difusión de la expresión artística, la labor crítica está más favorecida que antes. No existe la sotana que identifique al crítico: este puede ser un ciudadano más, o un creador en sí inclusive.
La mitificación del crítico como verdugo o ser malicioso se dio producto de las elevadas normas morales de otras épocas. Desde el Index Librorum Prohibitorum del Vaticano al código de censura de las películas estadounidenses, el código Hays, ha existido la censura con el fin de acallar el arte y sus ideas. Sin embargo, el arte trasciende las opiniones moralistas de los censores: si los artistas se preocuparan por “no ofender”, no hubieran existido los grandes pasos en distintos campos creativos: Si los impresionistas no hicieran sus pinceladas, otros no se atreverían a hacerlas para el momento histórico marcado por el movimiento pictórico; si los vanguardistas, en la literatura, no rompieran con la métrica, porque eso significaría que los críticos o profesores “no dirían que es poesía”, no se hubiera enriquecido las letras universales; y, si los guionistas y dibujantes de cómics de finales de los años sesenta, setenta y principios de los ochenta, no hubieran creado las obras de arte gráfico que innovaron en sus temas, trazos, colores, desarrollo de personajes y sagas, por temor a la reprensión editorial, hoy en día no se tendrían las creaciones que se consideran indispensables en la historia del cómic.
Sin la crítica especializada no se conocería la obra de Robert Crumb con la difusión actual, porque, tanto autor como crítico, rompieron los parámetros establecidos por la tira dominical, que entretenía pero no permanecía perenne como gesto artístico sino sería rescatada por la nostalgia del periódico que hacía reír en la infancia o en la adultez. Estudiar o reseñar un cómic porque es diferente, novedoso o significativo más allá de su factor de regocijo buscado por la industria editorial es lo que mantiene a un  público lector más que uno consumidor, pues como arte no es entretenimiento reciclable u olvidable, como los partidos deportivos o determinados conciertos, porque el cómic tiende a mantener las importantes obras en el tiempo.

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Sin prestar atención a las convenciones sociales o artísticas, Robert Crumb se destacó por romper paradigmas y ser difundido más allá del underground por la crítica especializada en el cómic alternativo. Fuente de la imagen: http://purakastiga.blogspot.com

Reseñar no es solo comentar el argumento, la biografía del autor o calificarlo con el sistema de preferencia. El objetivo de reseñar es comentar por qué – o no – es significativo, por qué es una obra de calidad o posee ausencia de ella. Reseñar desde la semiótica del cómic consistiría en analizar las distinciones que tiene un cómic en particular desde la significación: qué puede decir el trazo, la acción, el guión, los colores, tal personaje y su papel en la historia de la composición global del cómic que lo diferenciaría de uno genérico . El objetivo de la reseña, más allá de valorar del uno al cien o de una a cinco o diez estrellas una obra, es brindar al lector una opinión clara y concisa de la importancia o no de una obra del arte gráfico aún por explorar.

 

Espacio Semiótico del Cómic. La experiencia lectora de los primeros ejemplares.

La primera vez: El primer beso, el primer viaje, el primer salario o la primera pareja, son temas comunes convertidos en recuerdos perennes en las personas. Las experiencias iniciales pueden ser o bien las más recordadas o bien, amargas.

La experiencia del cómic está unida a su experiencia lectora. Tal como en la literatura, como son recordados los primeros autores, novelas o poemarios, el primer ejemplar de arte gráfico también deja una impresión en los lectores. Probablemente, haya sido la primera experiencia lectora en la infancia de un número individual de un reconocido personaje, o las risas provocadas por las tiras cómicas diarias o dominicales, a color o blanco o negro. Los héroes o comediantes de la niñez pueden o no agradar en la adultez y hacer que la lectura y afición continúen.

Asimismo, la primera experiencia lectora podría variar de un país o cultura a otro. No es igual cómo concebiría dicha experiencia un niño en Japón con su primer Tankobon, ya sea éste una serie kodomo, shonen o shoujo, a cómo recibiría un muchacho su primer ejemplar de The Amazing Spider-Man o Archie en los Estados Unidos. Cada uno de ellos tiene diferentes concepciones del arte gráfico, incluidas el uso del color, líneas y argumento, así como su orden de lectura y su tipografía, los cuales han jugado un papel fundamental en la cultura y afición del arte del cómic, ya sea en el occidente o en el Japón.

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